(Creo obligada alguna aclaracíón, porque casi seis meses sin publicar un solo cuento o relato en este blog es tiempo. Una explicación de la prolongada ausencia es que se han juntado el hambre con las ganas de comer. O dicho menos literariamente (metáfora de estilo literario realista-populista, por cierto), se han acumulado situaciones que me han desconcertado y desnortado cual son la venta de mi casa (en plena crisis), el alquiler de otra y el traslado de una ciudad a otra a seiscientos kilómetros de distancia entre ambas , con todo el lío que eso conlleva, junto con mi inveterada pereza y la intermitente, guadianática y calvinista duda de "esto de escribir cuentos ¿sirve para algo?"
Superados todos esos imponderables, aquí está de nuevo 'El Espejo del Perro' por si le interesa a alguien).
Zona refrigerada. Eso dice el rótulo sin lugar a dudas. Pero hace un calor de agosto. El lugar es un espacio amplio en el que hay una carretilla con cartones apilados en desorden, dos cubos mediados de pintura gris y una escoba mocha con una grieta en el palo, entre otras cosas aparentemente inútiles o desmontadas. Las paredes de deprimente gris sucio, propio de algunos edificios públicos, muestran manchones blancuzcos y otros crudos sin pintar en la parte inferior. Al fondo se vislumbra una camilla sobre la que se adivina un bulto alargado cubierto por una sábana blanca mugrienta con una cenefa azul en la parte superior. En el suelo, junto a la camilla, un cofre metálico alargado que parece de cinc. Al girar a la derecha del amplio espacio, una docena de metros más allá, hay un andén de cierta altura sobre el nivel general del suelo de hormigón alisado. Junto al andén hay un coche funerario negro. Un hombre grueso de prominente barriga que le desborda el ajado cinturón de cuero, vestido con un traje gris con brillos en coderas y trasero del arrugado pantalón, sale por la puerta del conductor y se dirige a la parte trasera del automóvil. Abre las dos hojas de la puerta y se dirige al andén.
“¡Eeeh!, vocea. “¿No hay nadie? Insiste al aire. Cabecea molesto musitando algo para sí, sube la escalera que hay a un lado y entra por el andén hacia el interior.
“¡Eh!”, vuelve a gritar. Hay que joderse; no hay nadie”, comenta para las paredes.
Por una puerta que hay hacia la mitad del amplio y desangelado espacio, sale un hombre bajito y calvo con una bata blanca que necesita un buen lavado.
“¿Qué quiere?”, pregunta sin el menor interés al barrigón.
“¡Cómo que qué quiero? Hay que joderse”, repite el gordo sin imaginación.
“Me dice lo que quiere, buen hombre”, insiste el canijo.
“Vengo a buscar al muerto” dice el de la considerable barriga con gesto de paciencia condescendiente. “Para lo que le pagan a uno, lo que hay que aguantar”, farfulla.
“¿Qué muerto?” inquiere belicoso el bajito.
El gordo empieza a cabrearse.
“Oiga, no me toque las narices. He de recoger un muerto para llevarlo al tanatorio, coño. Un tío que palmó ayer por la tarde”.
“No sé de que me habla” se empecina el calvo de bata casi blanca.
A todo esto, el barrigón del traje gris ha avanzado por el andén hasta el interior del amplio espacio.
“Y eso, ¿qué cojones es?”, se alborota el barrigudo señalando la camilla del fondo con un dedo de uña de luto.
El bajito mira sin interés la camilla señalada.
“Ropa sucia sobre una camilla, supongo”, contesta.
“¿Ah sí? Y lo que hay en el suelo junto a la camilla ¿no es un ataúd metálico, donde metéis a los fiambres cuando apestan?
El hombre bajito y calvo muestra una expresión condescendiente.
“Es un cajón de mantenimiento”, dice sin inmutarse.
“¡Me cago en mis muelas! ¿Me tomas por gilipollas?”
Y el hombre grueso del traje gris con brillos se dirige veloz hacia la camilla y tira da la sábana blanca sucia. Retirada la liviana y pringosa tela, aparece el tieso, frío y desnudo cadáver de un hombre.
“Lo ves, capullo. Los de la Funeraria no me envían a recoger un muerto si no hay muerto”.
El hombre bajito de bata blanca de dudosa limpieza suspira, se dirige a la camilla y al hombre gordo, cubre de nuevo al muerto con la sábana y coge al del traje gris amistosamente por el brazo.
“Es una cuestión de política regional, ¿comprendes?”
“No. ¿Qué coño es eso”?, se empieza a cabrear el del coche funerario.
El hombre bajito frunce el ceño como pensando con intensidad.
“Verás; la cuestión es ésta. Este hospital se inauguró anteayer con despliegue de televisiones y otros medios. Y ahora…”
“¿Y los putos periodistas no vieron esta mierda de zona sin acabar? Qué ojo.”
“No pudieron verlo. Se tapó todo lo inacabado y se montó un decorado estupendo, de cine. Colocaron estratégicamente tiestos enormes con grandes plantas tropicales, paneles de suelo a techo primorosamente pintados que se confundían con paredes de verdad, bancos de madera nuevecitos, luces de diseño, rótulos indicando servicios y direcciones hacía aquí y hacia allá… Ni se percataron de lo que había, aunque también ayudó que los tíos de la tele y los periódicos querían ir cuanto antes a la sala donde sirvieron canapés y bebidas. Y, por supuesto, no se enteraron de que al hospital le faltan varios hervores para estar en condiciones de servicio aceptable. No chistaron, siguieron el ritmo de veloz visita inaugural que impuso la risueña señora Mago, la presidenta, y se pusieron hasta el culo de pinchos y vino. Genial, ¿no?
“¿Mago? ¿Quién es esa?”
“Jesús, que poco al día está usted. ¿No ve el telenoticias de la región? La presidenta del gobierno regional, doña Sara Mago Aguirre quien, además de dedicarse a la política, es una consumada pintora. Una mujer muy culta”.
El gordo se acariciaba la barbilla, escuchando al otro.
“O sea que el hospital se inaugura a bombo y platillo, no hay siquiera un depósito decente para meter a los muertos, y los muertos hacen compañía a las obras sin acabar”.
“Ellos –los muertos, quiero decir- ya no se enteran, ¿sabe?”
“Eso sí es verdad”, aceptó el del traje gris.
“Además, éste era un vagabundo. Sin familia”.
“Siendo así… Oye, si es un indigente, ¿para qué coño he de llevarlo al tanatorio? No habrá velorio si no hay familia”, indica confundido el barrigón.
“Mira bien tus papeles, porque seguramente lo has de llevar a la fosa común y no al tanatorio. Y no te preocupes por cobrar. Las funerarias siempre cobran”.
“Ah, bueno. Eso es diferente”, contesta apaciguado el hombre del traje gris. Y se dispone a trastear el cadáver, meterlo en el cofre metálico y cargarlo en el coche funerario con ayuda de un carro con ruedas que encuentra tras unos rollos de cuerdas y varios tablones.
El muerto continúa igual de muerto. Total, él no se entera, como dijo el otro.
domingo 30 de noviembre de 2008
lunes 2 de junio de 2008
Gato por liebre
Sobresalía un mango negro con uno de los remaches metálicos cuarteado, de ésos que sujetan la hoja de acero. El cuchillo de cocina había sido hundido hasta el fondo bajo la tetilla izquierda, directo a un ventrículo. Y se acabó. Tal vez el mango junto a la piel hacía las veces de tapón, porque no había mucha sangre. O quizás aquel sujeto tuviera el corazón seco.
El muerto tenía aspecto de haber sido un vivo de unos cincuenta años bien llevados con el pelo teñido de peluquería de postín. El cadáver estaba estirado sobre una mesa lacada blanca con pinta de haber costado un riñón. Tal vez el ya fallecido estaba sentado sobre el borde de esa mesa cuando fue acuchillado. Un pene flácido que se escapaba por la bragueta abierta era la nota discordante. La mesa blanca lacada ocupaba un lado de la amplia y lujosa cocina. Las primeras indagaciones indicaron que no parecía faltar nada y la puerta no estaba forzada. Había que descartar el robo.
“Yo no sé nada”, dijo la vecina de la puerta de enfrente del rellano. Respuesta que se repitió con escasas variaciones en los interrogatorios de los cuatro vecinos restantes del selecto edificio. Gente respetable y adinerada a la que no convenía importunar.
No se encontraron huellas dactilares, fibras, sugerentes trocitos de cosas, manchas ni restos secos de algo que permitieran encarrilar la investigación del homicidio. Nada. El suicidio se descartó provisionalmente por la tremenda expresión de sorpresa del finado; salvo que el finado no hubiera imaginado cuan doloroso sea acuchillarse uno mismo. Se descartó de modo definitivo tal hipótesis al comprobar que en el mango del cuchillo no había ni la menor huella dactilar. Se dio por sentado que no tenía el menor sentido (ni tampoco la posibilidad) que el muerto se hubiera entretenido en borrar sus huellas tras haberse acuchillado a conciencia.
La indagación cambió cuando interrogaron a la asistenta, que limpiaba cada semana de lunes a sábado y por riguroso orden de pisos bajos a altos, las suntuosas viviendas, incluida la del muerto.
“Era hermafrodita”, afirmó rotunda con expresión feroz como retando a que alguien le llevara la contraria.
“¿Perdón?”, inquirió sorprendido el encargado de la investigación.
“Que era hermafrodita; que le gustaban los hombres, cuanto más jóvenes, mejor”
“Querrá decir homosexual” facilitó la respuesta el policía.
“Eso es lo que he dicho”, se enfurruño la limpiadora.
La revelación abrió un resquicio, a falta de verificar la autenticidad del aserto de la asistenta. Sabido es que donde hay sexo, hay pasión y donde, pasión, puede haber muerte.
Conveniente y pacientemente interrogada, la mujer de la limpieza aportó que tiempo atrás había descubierto una revista puerca (así la calificó) de hombres haciendo cosas pecaminosas entre ellos. Dijo pecaminosas porque la asistenta era muy religiosa.
Entrevistaron de nuevo a los adinerados vecinos con el señuelo de la probable homosexualidad del asesinado. Algunos respetables vecinos se soltaron el pelo. Un matrimonio, que había sobrepasado los cuarenta según sus documentos de identidad, pero que podían ser confundidos con sus propios padres, se relamió y entró al trapo sin pudor.
“Ya sabíamos que no era trigo limpio”, dijo la señora en su nombre y el de su marido. "Maricón, tenía pinta de maricón" esclareció el hombre para que no hubira dudas. Y ambos cónyuges declararon por la gloria de su santa madre que lo habían visto varias veces entrar en el portal a horas nocturnas con hombres más jóvenes, pero siempre con malas pintas.
La paciencia policial logró precisar que habían visto al finado con dos jóvenes varones diferentes en tiempos sucesivos. El que hacía más tiempo parecía de aquí, pero el último era bastante guapo, tenía la piel aceitunada y hablaba con acento suave y raro.
El equipo forense aportó que habían encontrado restos de saliva en el encogido pene. Y, tras someter la saliva a científico análisis, averiguaron que era femenina. ¡La ciencia!
Los investigadores, confundidos, concluyeron provisionalmente que quizás el muerto tiraba tanto al pelo como a la pluma, pero no sabían hacia donde investigar. Si era homosexual, según declaración documentada de la mujer de la limpieza, parcialmente ratificada por el matrimonio mayor ¿de donde salía la saliva femenina de una probable última felación?
Dieron aviso a soplones y confidentes de ambientes turbios, repartiendo discretamente algunas fotografías del tipo acuchillado. Y a esperar.
Tuvieron que hacerlo casi un mes hasta que los colegas del grupo contra estupefacientes les avisaron de que un camello quería hacer un trato, porque tenía algo que contarles.
Lo llevaron a una sala de interrogatorios y le enseñaron la fotografía del occiso.
“Ya vi esa foto. Es el amante de Mariano” dijo sin dudarlo. Y añadió indicaciones de dónde podían encontrarlo a cambio de que, por esta vez, el fiscal pidiera la mínima.
No prometieron nada al soplón, pero detuvieron a Mariano, brasileño con papeles, en un club de mala muerte en lo más profundo del barrio bajo.
A la media hora de interrogatorio, en el que ni siquiera hizo falta aplicar la hostia de reglamento, Mariano confesó haber clavado el cuchillo de cocina a Rigoberto, prestigioso y acaudalado anticuario con el que convivía. Lo sorprendente fue el motivo.
Eran amantes desde hacia un par de meses. Hasta que Mariano, acuciado por remordimientos de fina textura ética, se confesó con Rigoberto y Rigoberto decidió que no quería volver a verlo. La reacción de Mariano fue brutal como se ha podido ver.
En un último escarceo carnal que Mariano suplicó como despedida, con la intención de liar de nuevo al carroza, porque la carne es débil y el pescado caro, visto que ni por esas Rigoberto abandonaba la intención de cortar por lo sano, Mariano agarró un cuchillo de cocina, pues en ella retozaban, y se lo clavó hasta la empuñadura. Como los buenos toreros.
¿Qué confesó Mariano para tan drástico abandono por parte del anticuario, abandono que propició la estocada?
Resulta que Mariano antes era Mariana, pero se operó para ser varón, que era lo que le pedía el alma y para lo que había emigrado a España, cuyos cirujanos de cambio de sexo eran famosos.
Fue un largo y penoso camino de fina cirugía, aunque en el sentido contrario a la mayoría que en ese charco se mete, pero al final Mariana consiguió ser Mariano. Pero, como no hay alegría sin pena ni dolor, contrajo una deuda enorme con el cirujano que le hizo hombre; un adeudo que no podía ignorar, no sólo por gratitud sino porque el sujeto estaba bien relacionado con una pandilla mafiosa de rusos de la costa alicantina a los que les había cambiado exitosamente la jeta por cuestiones de Interpol. Mariano decidió que no podía desatender ese débito y, para abonar las cómodas cuotas mensuales que le facilitó el cirujano, se prostituyó, ya como hombre completo, y así pagar en cómodos plazos. Sería un buen estreno como tío.
Tras un par de meses de chuleta, comprobó que con clientas féminas no conseguía la cuota mensual y decidió cambiar de acera. Ahí el negocio si le funcionó bien. Francamente bien.
La verdad es que le daba un asco de narices. Tantos trabajos para ser hombre y acabar de maricón. No se había convertido en varón para hacer mamadas a tíos, pero era lo que había. O una plaza de ataúd. Por eso creyó que le había tocado la bonoloto cuando Rigoberto se enamoró de él y le propuso vivir en su casa a pan y cuchillo. No tendría que ir conociendo a tipos viciosos, bíblicamente hablando, y consideró que un solo tío era más soportable, aún más cuando por razones de edad tenía menos apetito.
Para Mariano fue una sorpresa enorme descubrir que Rigoberto era un purista.
“¿Una tía? ¿Ese pene no es tuyo, no es auténtico?”, vociferó tanto como sus avejentadas cuerdas vocales le permitieron. “¿Te pusieron el de un muerto? Ya me parecía muy pequeño”, remató.
No valieron explicaciones científicas sobre la autenticidad de los viriles genitales de Mariano, salvo en la capacidad de fecundación de la que no disponía. Para Rigoberto, Mariano era Mariana y no quería saber nada de él nunca más.
Y Mariano perdió el control.
El muerto tenía aspecto de haber sido un vivo de unos cincuenta años bien llevados con el pelo teñido de peluquería de postín. El cadáver estaba estirado sobre una mesa lacada blanca con pinta de haber costado un riñón. Tal vez el ya fallecido estaba sentado sobre el borde de esa mesa cuando fue acuchillado. Un pene flácido que se escapaba por la bragueta abierta era la nota discordante. La mesa blanca lacada ocupaba un lado de la amplia y lujosa cocina. Las primeras indagaciones indicaron que no parecía faltar nada y la puerta no estaba forzada. Había que descartar el robo.
“Yo no sé nada”, dijo la vecina de la puerta de enfrente del rellano. Respuesta que se repitió con escasas variaciones en los interrogatorios de los cuatro vecinos restantes del selecto edificio. Gente respetable y adinerada a la que no convenía importunar.
No se encontraron huellas dactilares, fibras, sugerentes trocitos de cosas, manchas ni restos secos de algo que permitieran encarrilar la investigación del homicidio. Nada. El suicidio se descartó provisionalmente por la tremenda expresión de sorpresa del finado; salvo que el finado no hubiera imaginado cuan doloroso sea acuchillarse uno mismo. Se descartó de modo definitivo tal hipótesis al comprobar que en el mango del cuchillo no había ni la menor huella dactilar. Se dio por sentado que no tenía el menor sentido (ni tampoco la posibilidad) que el muerto se hubiera entretenido en borrar sus huellas tras haberse acuchillado a conciencia.
La indagación cambió cuando interrogaron a la asistenta, que limpiaba cada semana de lunes a sábado y por riguroso orden de pisos bajos a altos, las suntuosas viviendas, incluida la del muerto.
“Era hermafrodita”, afirmó rotunda con expresión feroz como retando a que alguien le llevara la contraria.
“¿Perdón?”, inquirió sorprendido el encargado de la investigación.
“Que era hermafrodita; que le gustaban los hombres, cuanto más jóvenes, mejor”
“Querrá decir homosexual” facilitó la respuesta el policía.
“Eso es lo que he dicho”, se enfurruño la limpiadora.
La revelación abrió un resquicio, a falta de verificar la autenticidad del aserto de la asistenta. Sabido es que donde hay sexo, hay pasión y donde, pasión, puede haber muerte.
Conveniente y pacientemente interrogada, la mujer de la limpieza aportó que tiempo atrás había descubierto una revista puerca (así la calificó) de hombres haciendo cosas pecaminosas entre ellos. Dijo pecaminosas porque la asistenta era muy religiosa.
Entrevistaron de nuevo a los adinerados vecinos con el señuelo de la probable homosexualidad del asesinado. Algunos respetables vecinos se soltaron el pelo. Un matrimonio, que había sobrepasado los cuarenta según sus documentos de identidad, pero que podían ser confundidos con sus propios padres, se relamió y entró al trapo sin pudor.
“Ya sabíamos que no era trigo limpio”, dijo la señora en su nombre y el de su marido. "Maricón, tenía pinta de maricón" esclareció el hombre para que no hubira dudas. Y ambos cónyuges declararon por la gloria de su santa madre que lo habían visto varias veces entrar en el portal a horas nocturnas con hombres más jóvenes, pero siempre con malas pintas.
La paciencia policial logró precisar que habían visto al finado con dos jóvenes varones diferentes en tiempos sucesivos. El que hacía más tiempo parecía de aquí, pero el último era bastante guapo, tenía la piel aceitunada y hablaba con acento suave y raro.
El equipo forense aportó que habían encontrado restos de saliva en el encogido pene. Y, tras someter la saliva a científico análisis, averiguaron que era femenina. ¡La ciencia!
Los investigadores, confundidos, concluyeron provisionalmente que quizás el muerto tiraba tanto al pelo como a la pluma, pero no sabían hacia donde investigar. Si era homosexual, según declaración documentada de la mujer de la limpieza, parcialmente ratificada por el matrimonio mayor ¿de donde salía la saliva femenina de una probable última felación?
Dieron aviso a soplones y confidentes de ambientes turbios, repartiendo discretamente algunas fotografías del tipo acuchillado. Y a esperar.
Tuvieron que hacerlo casi un mes hasta que los colegas del grupo contra estupefacientes les avisaron de que un camello quería hacer un trato, porque tenía algo que contarles.
Lo llevaron a una sala de interrogatorios y le enseñaron la fotografía del occiso.
“Ya vi esa foto. Es el amante de Mariano” dijo sin dudarlo. Y añadió indicaciones de dónde podían encontrarlo a cambio de que, por esta vez, el fiscal pidiera la mínima.
No prometieron nada al soplón, pero detuvieron a Mariano, brasileño con papeles, en un club de mala muerte en lo más profundo del barrio bajo.
A la media hora de interrogatorio, en el que ni siquiera hizo falta aplicar la hostia de reglamento, Mariano confesó haber clavado el cuchillo de cocina a Rigoberto, prestigioso y acaudalado anticuario con el que convivía. Lo sorprendente fue el motivo.
Eran amantes desde hacia un par de meses. Hasta que Mariano, acuciado por remordimientos de fina textura ética, se confesó con Rigoberto y Rigoberto decidió que no quería volver a verlo. La reacción de Mariano fue brutal como se ha podido ver.
En un último escarceo carnal que Mariano suplicó como despedida, con la intención de liar de nuevo al carroza, porque la carne es débil y el pescado caro, visto que ni por esas Rigoberto abandonaba la intención de cortar por lo sano, Mariano agarró un cuchillo de cocina, pues en ella retozaban, y se lo clavó hasta la empuñadura. Como los buenos toreros.
¿Qué confesó Mariano para tan drástico abandono por parte del anticuario, abandono que propició la estocada?
Resulta que Mariano antes era Mariana, pero se operó para ser varón, que era lo que le pedía el alma y para lo que había emigrado a España, cuyos cirujanos de cambio de sexo eran famosos.
Fue un largo y penoso camino de fina cirugía, aunque en el sentido contrario a la mayoría que en ese charco se mete, pero al final Mariana consiguió ser Mariano. Pero, como no hay alegría sin pena ni dolor, contrajo una deuda enorme con el cirujano que le hizo hombre; un adeudo que no podía ignorar, no sólo por gratitud sino porque el sujeto estaba bien relacionado con una pandilla mafiosa de rusos de la costa alicantina a los que les había cambiado exitosamente la jeta por cuestiones de Interpol. Mariano decidió que no podía desatender ese débito y, para abonar las cómodas cuotas mensuales que le facilitó el cirujano, se prostituyó, ya como hombre completo, y así pagar en cómodos plazos. Sería un buen estreno como tío.
Tras un par de meses de chuleta, comprobó que con clientas féminas no conseguía la cuota mensual y decidió cambiar de acera. Ahí el negocio si le funcionó bien. Francamente bien.
La verdad es que le daba un asco de narices. Tantos trabajos para ser hombre y acabar de maricón. No se había convertido en varón para hacer mamadas a tíos, pero era lo que había. O una plaza de ataúd. Por eso creyó que le había tocado la bonoloto cuando Rigoberto se enamoró de él y le propuso vivir en su casa a pan y cuchillo. No tendría que ir conociendo a tipos viciosos, bíblicamente hablando, y consideró que un solo tío era más soportable, aún más cuando por razones de edad tenía menos apetito.
Para Mariano fue una sorpresa enorme descubrir que Rigoberto era un purista.
“¿Una tía? ¿Ese pene no es tuyo, no es auténtico?”, vociferó tanto como sus avejentadas cuerdas vocales le permitieron. “¿Te pusieron el de un muerto? Ya me parecía muy pequeño”, remató.
No valieron explicaciones científicas sobre la autenticidad de los viriles genitales de Mariano, salvo en la capacidad de fecundación de la que no disponía. Para Rigoberto, Mariano era Mariana y no quería saber nada de él nunca más.
Y Mariano perdió el control.
Etiquetas:
asesinato,
bajos fondos,
cambio de sexo
domingo 18 de mayo de 2008
Fragmento del diario de un preso
(Vanderlei es brasileño. Era, y debe continuar siendo, un hombre joven, discreto, amable y educado. A pesar de que su lengua materna es el portugués en su modalidad brasileña, se lanzó a escribir en castellano y no lo hizo mal, aunque era mejor traducirle. Éste es un cuento suyo, que tradujo Tesa, una voluntaria, un ejercicio de creación narrativa, que, como dicen algunas películas producidas para la televisión, está basado en hechos reales).
Aquí estoy un día más bajo la atenta mirada del vigilante. No sabes qué es andar con tu cabeza en la mira de una metralleta HK, que puede destrozarte como si fueses papel. Muralla infranqueable entre tú y el ciudadano José que sirve al Estado, un vigilante, muerto de hambre metido a Charles Bronson.
El día está lluvioso y el ambiente tenso, varios compañeros intentarán huir. También a mí me gustaría, pero sé que mi suerte es cero. ¿Habrá escuchado Dios mis oraciones o el juez aceptado mi apelación? He escrito una carta a mi hermano, diciéndole que si anda metido en drogas, no me parece bien. Es un buen chico, espero que me haga caso.
Un día menos o un día más. Todos los días son iguales. Enciendo un cigarrillo mientras veo pasar la jornada, mato el tiempo, o el tiempo me mata.
Violadores y chivatos en el pabellón. Bronca. En su cara muestras de golpes y la humillación de vivir arrodillados, besando pies hasta que se desangran en el corredor de presos armados con palos por el que les obligan a pasar hasta que al final del camino se encuentran con la muerte. La dura ley del talego.
Cada detenido, una madre, una creencia; cada crimen, una sentencia; cada sentencia, un motivo, una historia de lágrimas, de sangre, vida y gestos. Abandono, miseria, odio, sufrimiento, desesperación, desilusión, paso del tiempo. Mezcla esos ingredientes y pronto tendrás un nuevo preso.
Se oyen lamentos en el corredor, en las celdas, en el patio, en todas las esquinas, pero hermano mío, conozco cómo es esto, aquí necesitas algo más que un santo protector. Tengo que evitar que mi madre llore, en el país de los pantalones beige sólo me protege mi palabra de honor, mi honra.
Tic, tac, tic, tac. Aún son las nueve cuarenta. Parece que el reloj vaya a cámara lenta. Desde la ventana enrejada de mi encierro, veo pasar el tranvía hacia el centro con gente de bien, católica, gente que va al trabajo, satisfecha, hipócrita, con rabia por dentro. Miran hacia aquí, curiosos y perplejos. Miran morbosos, pero esto no es un zoológico. Para ellos mi vida vale menos que su móvil o su ordenador.
Hoy es uno de esos días difíciles, sin sol, sin visitas, sin fútbol. Algunos compañeros, los más débiles de mente, no soportan el tedio y provocan peleas para entretenerse. Gracias a Dios y a la Virgen María, sólo me queda un año, tres meses y unos días.
Arriba, una celda permanece cerrada. Nadie sabe qué hay detrás de la puerta, sólo nos llega olor a muerte y a desinfectante. Dicen que un preso se ahorcó con una sábana. ¿Quién? Qué más da. ¿A quién le interesa? La indiferencia vive aquí, esperándote; coge todas tus cosas, tu currículo criminal y límpiate el culo con todo. La vida de un bandido no tiene futuro, tu cara se borra a este lado del muro. ¿Oíste hablar de Lucifer que vino del infierno con arrogancia? Le duró un día. En Carandiru, es uno más que come comida agria y caga en letrinas infectas.
Aquí hay hermanos de todo Sao Paulo, buenos ladrones que gozan de respeto en sus barrios, pero aquí sólo son un número. Nueve edificios y dentro siete mil hombres que cuestan trescientos reales por mes cada uno.
Amanece con sol, dos de octubre. Todo funciona. La limpieza y la entrada de provisiones desde la calle. De madrugada sentí un estremecimiento, pero no era por el viento ni por el frío.
Humo en la ventana, hay fuego en una celda. Ya empezó. Parece que tienen rehenes. La mayoría se dejó enredar por unos pocos que no tenían nada que perder. Dos presos de confianza, bien considerados, intentan parlamentar sin sospechar lo que está por venir. Traficantes, proxenetas, homicidas y chavales de primer delito, todos amotinados.
“Avisa al Instituto Médico Legal que se cuida de los cadáveres. Va a hacer falta.”
Ratatatatatatatatatata. Caviar y champán, el gobernador se ha ido a comer, que se jodan. Los cachorros, aprendices de asesino; estallá el gas lacrimógeno.
“Quien más mate, ganará una medalla”. Los policías militares, al asalto. El ser humano es desechable en Brasil, como las compresas, el papel higiénico o el estropajo.
Ratatatatatatatatatata. La sangre mana como agua por la nariz, la boca, el oído. El Señor es mi Pastor, nada me ha de faltar. Señora, perdone que su hijo muriera de bruces con el salmo 23 en los labios, pero sin auxilio, sin paz, sin arma, contagiando el sida a los perros que le mordían. El patio, lleno de cadáveres. Hitler y Stalin sonríen desde el infierno. Los robocop del gobierno son fríos y no sienten pena, sólo odio. Y ríen como hienas.
Ratatatatatatatatatata. El gobernador y su séquito fueron a nadar a una piscina de sangre. Eso anoté en mi diario de preso el tres de octubre.
Al día siguiente se podía leer en la prensa: “Tras una revuelta y un intento frustrado de fuga, los presos del pabellón nueve de la cárcel de Carandiru estaban acorralados en el edificio, armados con palos, pinchos caseros y cócteles molotov. En el exterior, una escuadra armada de choque de la Policía Militar, pertrechada con su equipo antidisturbios y acompañada de perros asesinos. Los presos de los pabellones vecinos, tensos y callados, se asomaban por cualquier resquicio para asistir al macabro suceso que amenazaba. Los familiares de los presos, la prensa, los representantes religiosos y de asociaciones civiles, así como muchos curiosos y fisgones que ni les iba ni les venía, se amontonaban cerca del presidio. Inquietos aguardaban el desarrollo de una historia que no parecía poder tener un final feliz.
A una orden escueta, como un ladrido, la policía asaltó el pabellón amotinado. Un acción planificada, rápida, breve, y contundente. Aniquilado cualquier signo de resistencia. El ensordecedor ruido de los disparos de ametralladora y los rabiosos ladridos de los perros eran el sonido de fondo de aquella sinfonía de muerte. Las televisiones transmitían en directo la refriega, una masacre on –line, tragedia de la vida real que aumenta la audiencia.
El saldo de la operación, según fuentes oficiales, fue de ciento once muertos y unos centenares de heridos, pero según testimonio de quienes salvaron sus vidas en aquel horror de sangre, fingiendo estar muertos o escondiéndose bajo los cadáveres de compañeros caídos, los fallecidos fueron unos 400, contando mendigos, indigentes y olvidados cuyos cuerpos nadie reclamó. ¿Quién dice verdad?
Hoy, quien pasa por la estación de tranvía próxima al lugar del drama de Carandiru no ve los grandes y siniestros edificios de la prisión. Años después, un nuevo gobierno desmanteló el presidio, mandó demoler los nueve edificios que lo formaban. Tal vez para borrar cualquier huella.
Aquí estoy un día más bajo la atenta mirada del vigilante. No sabes qué es andar con tu cabeza en la mira de una metralleta HK, que puede destrozarte como si fueses papel. Muralla infranqueable entre tú y el ciudadano José que sirve al Estado, un vigilante, muerto de hambre metido a Charles Bronson.
El día está lluvioso y el ambiente tenso, varios compañeros intentarán huir. También a mí me gustaría, pero sé que mi suerte es cero. ¿Habrá escuchado Dios mis oraciones o el juez aceptado mi apelación? He escrito una carta a mi hermano, diciéndole que si anda metido en drogas, no me parece bien. Es un buen chico, espero que me haga caso.
Un día menos o un día más. Todos los días son iguales. Enciendo un cigarrillo mientras veo pasar la jornada, mato el tiempo, o el tiempo me mata.
Violadores y chivatos en el pabellón. Bronca. En su cara muestras de golpes y la humillación de vivir arrodillados, besando pies hasta que se desangran en el corredor de presos armados con palos por el que les obligan a pasar hasta que al final del camino se encuentran con la muerte. La dura ley del talego.
Cada detenido, una madre, una creencia; cada crimen, una sentencia; cada sentencia, un motivo, una historia de lágrimas, de sangre, vida y gestos. Abandono, miseria, odio, sufrimiento, desesperación, desilusión, paso del tiempo. Mezcla esos ingredientes y pronto tendrás un nuevo preso.
Se oyen lamentos en el corredor, en las celdas, en el patio, en todas las esquinas, pero hermano mío, conozco cómo es esto, aquí necesitas algo más que un santo protector. Tengo que evitar que mi madre llore, en el país de los pantalones beige sólo me protege mi palabra de honor, mi honra.
Tic, tac, tic, tac. Aún son las nueve cuarenta. Parece que el reloj vaya a cámara lenta. Desde la ventana enrejada de mi encierro, veo pasar el tranvía hacia el centro con gente de bien, católica, gente que va al trabajo, satisfecha, hipócrita, con rabia por dentro. Miran hacia aquí, curiosos y perplejos. Miran morbosos, pero esto no es un zoológico. Para ellos mi vida vale menos que su móvil o su ordenador.
Hoy es uno de esos días difíciles, sin sol, sin visitas, sin fútbol. Algunos compañeros, los más débiles de mente, no soportan el tedio y provocan peleas para entretenerse. Gracias a Dios y a la Virgen María, sólo me queda un año, tres meses y unos días.
Arriba, una celda permanece cerrada. Nadie sabe qué hay detrás de la puerta, sólo nos llega olor a muerte y a desinfectante. Dicen que un preso se ahorcó con una sábana. ¿Quién? Qué más da. ¿A quién le interesa? La indiferencia vive aquí, esperándote; coge todas tus cosas, tu currículo criminal y límpiate el culo con todo. La vida de un bandido no tiene futuro, tu cara se borra a este lado del muro. ¿Oíste hablar de Lucifer que vino del infierno con arrogancia? Le duró un día. En Carandiru, es uno más que come comida agria y caga en letrinas infectas.
Aquí hay hermanos de todo Sao Paulo, buenos ladrones que gozan de respeto en sus barrios, pero aquí sólo son un número. Nueve edificios y dentro siete mil hombres que cuestan trescientos reales por mes cada uno.
Amanece con sol, dos de octubre. Todo funciona. La limpieza y la entrada de provisiones desde la calle. De madrugada sentí un estremecimiento, pero no era por el viento ni por el frío.
Humo en la ventana, hay fuego en una celda. Ya empezó. Parece que tienen rehenes. La mayoría se dejó enredar por unos pocos que no tenían nada que perder. Dos presos de confianza, bien considerados, intentan parlamentar sin sospechar lo que está por venir. Traficantes, proxenetas, homicidas y chavales de primer delito, todos amotinados.
“Avisa al Instituto Médico Legal que se cuida de los cadáveres. Va a hacer falta.”
Ratatatatatatatatatata. Caviar y champán, el gobernador se ha ido a comer, que se jodan. Los cachorros, aprendices de asesino; estallá el gas lacrimógeno.
“Quien más mate, ganará una medalla”. Los policías militares, al asalto. El ser humano es desechable en Brasil, como las compresas, el papel higiénico o el estropajo.
Ratatatatatatatatatata. La sangre mana como agua por la nariz, la boca, el oído. El Señor es mi Pastor, nada me ha de faltar. Señora, perdone que su hijo muriera de bruces con el salmo 23 en los labios, pero sin auxilio, sin paz, sin arma, contagiando el sida a los perros que le mordían. El patio, lleno de cadáveres. Hitler y Stalin sonríen desde el infierno. Los robocop del gobierno son fríos y no sienten pena, sólo odio. Y ríen como hienas.
Ratatatatatatatatatata. El gobernador y su séquito fueron a nadar a una piscina de sangre. Eso anoté en mi diario de preso el tres de octubre.
Al día siguiente se podía leer en la prensa: “Tras una revuelta y un intento frustrado de fuga, los presos del pabellón nueve de la cárcel de Carandiru estaban acorralados en el edificio, armados con palos, pinchos caseros y cócteles molotov. En el exterior, una escuadra armada de choque de la Policía Militar, pertrechada con su equipo antidisturbios y acompañada de perros asesinos. Los presos de los pabellones vecinos, tensos y callados, se asomaban por cualquier resquicio para asistir al macabro suceso que amenazaba. Los familiares de los presos, la prensa, los representantes religiosos y de asociaciones civiles, así como muchos curiosos y fisgones que ni les iba ni les venía, se amontonaban cerca del presidio. Inquietos aguardaban el desarrollo de una historia que no parecía poder tener un final feliz.
A una orden escueta, como un ladrido, la policía asaltó el pabellón amotinado. Un acción planificada, rápida, breve, y contundente. Aniquilado cualquier signo de resistencia. El ensordecedor ruido de los disparos de ametralladora y los rabiosos ladridos de los perros eran el sonido de fondo de aquella sinfonía de muerte. Las televisiones transmitían en directo la refriega, una masacre on –line, tragedia de la vida real que aumenta la audiencia.
El saldo de la operación, según fuentes oficiales, fue de ciento once muertos y unos centenares de heridos, pero según testimonio de quienes salvaron sus vidas en aquel horror de sangre, fingiendo estar muertos o escondiéndose bajo los cadáveres de compañeros caídos, los fallecidos fueron unos 400, contando mendigos, indigentes y olvidados cuyos cuerpos nadie reclamó. ¿Quién dice verdad?
Hoy, quien pasa por la estación de tranvía próxima al lugar del drama de Carandiru no ve los grandes y siniestros edificios de la prisión. Años después, un nuevo gobierno desmanteló el presidio, mandó demoler los nueve edificios que lo formaban. Tal vez para borrar cualquier huella.
Etiquetas:
masacre,
prisión,
violación de derechos humanos
martes 6 de mayo de 2008
Breco
La calle está solitaria. A ambos lados, estacionados automóviles viejos. Hay luna llena, pero las nubes no permiten que ilumine el paisaje urbano. Junto a una caseta, un hombre con pantalones vaqueros y jersey marrón recoge una larga manguera gris sin prisa, pero sin pausa. Sólo se oye el tenue roce de esa manguera con el asfalto. Por la esquina cercana asoma el morro un destartalado Peugeot. El hombre que recoge la manguera la deja sobre el suelo y se oculta tras los automóviles aparcados. Cuando desaparece el automóvil por el extremo de la solitaria calle, el hombre retoma la tarea. Al finalizar, hace un gesto con la mano y de la fila de coches estacionados sale una oxidada furgoneta pequeña, se coloca a su lado, bajan dos hombres y cargan la manguera en la parte trasera con evidente esfuerzo. El hombre que la ha recogido sube también por detrás y los otros ocupan los asientos delanteros. La furgoneta se aleja.
“Qué pena, en esta calle van a estar unos cuantos días sin luz en los faroles”, ironiza el que va al volante, un tipo grueso al que una enorme barriga de cerveza casi no le permite ocupar el lugar del conductor.
“Prefieres que dejemos la manguera”, replica el que la ha recogido.
“Ni de coña. ¿Cuánto sacaremos?”
“Calculo unos 300 kilos de breco… Algo más de 2.000 euros”
“Por qué le llamas breco”, interviene el tercero, mucho más joven, un tipo delgado con un ojo tuerto.
“En los viejos tiempos lo llamábamos así- explica el conductor de barriga enorme que debe andar por los sesenta-. Entonces el cobre, el breco, lo cogían sobre todo gitanos. Luego bajó el precio y se acabó el negocio”.
Quedan en silencio hasta llegar a su destino, una barraca de ladrillos levantada con algún gusto y criterio en uno de barrios de chabolas de los que quedan en la ciudad. Meten la furgoneta en un trozo de patio con techumbre y los tres hombres bajan. El que ha recogido la manguera, que parece el jefe, entra en la barraca, saca unas cervezas de un frigorífico antediluviano y las reparte.
“Es el segundo trabajo con poco fruto. Tenemos que picar más alto”, dice mientras saca la chapa de la botella de cerveza con los dientes.
“Hombre, dos mil euros no están mal”, replica el más joven.
“Será para ti-, responde cabreado-. Nos pueden trincar y el beneficio por tanto ha de ser mayor”.
Beben en silencio.
“Hace años, empieza el barrigón…”
“En los viejos tiempos”, se chancea el más joven.
“Sí, en los viejos tiempos, coño -salta encorajinado y continúa la batallita-. Hace años una banda de chorantes de breco trincó tres kilómetros de cable de cobre. ¡Tres kilómetros! Imagínate la pasta que sacaron”.
“Dejaron sin comunicación dos estaciones de ferrocarril y chocaron dos trenes. Muchos muertos y heridos.”
“¿Y eso?” preguntó con desconcierto el más joven.
“Los jefes de estación no pudieron comunicarse, porque sin cobre no había línea” -añade quien recogió la manguera-. ¿Quién se lo iba a imaginar? Fueron a por ellos y se pasaron el resto de la puta vida en la cárcel. Esa es la parte chunga de la historia.”
“Joder, ¿es cierto?”, preguntó el más joven.
“Eso fue en otro país. Aquí no hay huevos. Aquí hay gilipollas que palman por no saber cortar la corriente, por olvidar que en el cobre trabajas con alto voltaje”.
“No es verdad” dice el joven inquieto. El otro lo mira con desprecio.
“Llamé por teléfono a la policía, les dije que había un muerto churrascado en la caseta del transformador y colgué. Era mi compañero de breco. Murió por descuidado y por ir con prisas”.
Quedan de nuevo en silencio y acaban de beber la cerveza.
“Necesitamos un golpe que nos dé mucha pasta”, dice el hombre que recogía la manguera y parece ser el jefe.
La segunda nieta le ha dado tanta alegría como la primera, pero hubiera preferido un chico. Debe ser la voluntad de Alá, se consuela. Ahmed contempla por enésima vez la fotografía de la pequeña Nadina y la guarda en un bolsillo interior. No tiene mucho más que hacer. Las noches se hacen cada vez más largas en medio de la nada. Vigilante de obras del ferrocarril no es mal trabajo, pero le puede la soledad. Ahmed se sirve una taza de té de un termo y se levanta para hacer otra ronda. Pasea con calma entre postes de cemento, pilas de tablas, hierros y otros artilugios y materiales, mientras bebe té a pequeños sorbos. En unas semanas las instalaciones estarán listas, pasará el Ave de prueba y le enviarán a otro lugar.
Clic, clic. Ahmed se detiene y aguza el oído. Clic, clic. Apenas se oyen, pero Ahmed ha percibido ruidos ligeros. Alguien se mueve cerca de la caseta. Despacio se dirige hacia el ruidito. Tras una pila de tablas de madera, un tipo tuerto y otro con barriga enorme sacan un rollo de cobre de la barraca donde se almacena. La puerta está descerrajada.
En silencio, Ahmed avanza encogido, mientras busca en el bolsillo trasero del pantalón el móvil para tocar la tecla de alarma a la guardia civil que le han programado en la oficina.
No lo consigue. Lo impide un fuerte golpe en la cabeza. Mientras cae al suelo, antes de empezar a perder la consciencia, vislumbra que había un tercer hombre, un hombre con pantalones vaqueros y jersey marrón.
Por la mañana, cuando llega el primer equipo a buscar material para reanudar el trabajo, Ahmed está tendido junto a la caseta del cobre con los ojos abiertos. Pero no ve nada.
“Qué pena, en esta calle van a estar unos cuantos días sin luz en los faroles”, ironiza el que va al volante, un tipo grueso al que una enorme barriga de cerveza casi no le permite ocupar el lugar del conductor.
“Prefieres que dejemos la manguera”, replica el que la ha recogido.
“Ni de coña. ¿Cuánto sacaremos?”
“Calculo unos 300 kilos de breco… Algo más de 2.000 euros”
“Por qué le llamas breco”, interviene el tercero, mucho más joven, un tipo delgado con un ojo tuerto.
“En los viejos tiempos lo llamábamos así- explica el conductor de barriga enorme que debe andar por los sesenta-. Entonces el cobre, el breco, lo cogían sobre todo gitanos. Luego bajó el precio y se acabó el negocio”.
Quedan en silencio hasta llegar a su destino, una barraca de ladrillos levantada con algún gusto y criterio en uno de barrios de chabolas de los que quedan en la ciudad. Meten la furgoneta en un trozo de patio con techumbre y los tres hombres bajan. El que ha recogido la manguera, que parece el jefe, entra en la barraca, saca unas cervezas de un frigorífico antediluviano y las reparte.
“Es el segundo trabajo con poco fruto. Tenemos que picar más alto”, dice mientras saca la chapa de la botella de cerveza con los dientes.
“Hombre, dos mil euros no están mal”, replica el más joven.
“Será para ti-, responde cabreado-. Nos pueden trincar y el beneficio por tanto ha de ser mayor”.
Beben en silencio.
“Hace años, empieza el barrigón…”
“En los viejos tiempos”, se chancea el más joven.
“Sí, en los viejos tiempos, coño -salta encorajinado y continúa la batallita-. Hace años una banda de chorantes de breco trincó tres kilómetros de cable de cobre. ¡Tres kilómetros! Imagínate la pasta que sacaron”.
“Dejaron sin comunicación dos estaciones de ferrocarril y chocaron dos trenes. Muchos muertos y heridos.”
“¿Y eso?” preguntó con desconcierto el más joven.
“Los jefes de estación no pudieron comunicarse, porque sin cobre no había línea” -añade quien recogió la manguera-. ¿Quién se lo iba a imaginar? Fueron a por ellos y se pasaron el resto de la puta vida en la cárcel. Esa es la parte chunga de la historia.”
“Joder, ¿es cierto?”, preguntó el más joven.
“Eso fue en otro país. Aquí no hay huevos. Aquí hay gilipollas que palman por no saber cortar la corriente, por olvidar que en el cobre trabajas con alto voltaje”.
“No es verdad” dice el joven inquieto. El otro lo mira con desprecio.
“Llamé por teléfono a la policía, les dije que había un muerto churrascado en la caseta del transformador y colgué. Era mi compañero de breco. Murió por descuidado y por ir con prisas”.
Quedan de nuevo en silencio y acaban de beber la cerveza.
“Necesitamos un golpe que nos dé mucha pasta”, dice el hombre que recogía la manguera y parece ser el jefe.
La segunda nieta le ha dado tanta alegría como la primera, pero hubiera preferido un chico. Debe ser la voluntad de Alá, se consuela. Ahmed contempla por enésima vez la fotografía de la pequeña Nadina y la guarda en un bolsillo interior. No tiene mucho más que hacer. Las noches se hacen cada vez más largas en medio de la nada. Vigilante de obras del ferrocarril no es mal trabajo, pero le puede la soledad. Ahmed se sirve una taza de té de un termo y se levanta para hacer otra ronda. Pasea con calma entre postes de cemento, pilas de tablas, hierros y otros artilugios y materiales, mientras bebe té a pequeños sorbos. En unas semanas las instalaciones estarán listas, pasará el Ave de prueba y le enviarán a otro lugar.
Clic, clic. Ahmed se detiene y aguza el oído. Clic, clic. Apenas se oyen, pero Ahmed ha percibido ruidos ligeros. Alguien se mueve cerca de la caseta. Despacio se dirige hacia el ruidito. Tras una pila de tablas de madera, un tipo tuerto y otro con barriga enorme sacan un rollo de cobre de la barraca donde se almacena. La puerta está descerrajada.
En silencio, Ahmed avanza encogido, mientras busca en el bolsillo trasero del pantalón el móvil para tocar la tecla de alarma a la guardia civil que le han programado en la oficina.
No lo consigue. Lo impide un fuerte golpe en la cabeza. Mientras cae al suelo, antes de empezar a perder la consciencia, vislumbra que había un tercer hombre, un hombre con pantalones vaqueros y jersey marrón.
Por la mañana, cuando llega el primer equipo a buscar material para reanudar el trabajo, Ahmed está tendido junto a la caseta del cobre con los ojos abiertos. Pero no ve nada.
Etiquetas:
asesinato,
relato negro,
robo de cobre
martes 29 de abril de 2008
La abuela
(Hoy coloco un cuento de Edgard, a quien conocí en el Taller de Escritura Narrativa de la prisiòn de Soto del Real. Hoy, Edgard cumple una larga condena en otro centro penitenciario por delitos relacionados con la cocaína. Edgard es un hombre culto, de gran sensibilidad, que delinquió -si no estoy equivocado- porque se metió en políticas discutibles en su país, Colombia. Es un excelente pintor, un buen narrador y una excelente persona con gran sentido del humor)
No conservo una imagen muy clara de mi abuela paterna. Mi primer recuerdo es de cuando yo tenía cuatro años. Estaba enojada y me reprendía porque había salido a jugar fuera de casa sin su permiso. El segundo recuerdo ya es su funeral. Contagiado por la aflicción de la familia, y en especial de mi padre que me sostenía sobre sus piernas, yo no podía dejar de llorar. Ese fue mi primer encuentro con esa última realidad de la vida que es la muerte. Tenía 50 años cuando falleció, mas en mi recuerdo era una anciana; tal vez porque su largo y ondulado cabello era gris, y porque su rostro parecía avejentado por la enfermedad. Caminaba despacio, respiraba con dificultad y su cuerpo frágil se encorvaba, pero conservó una mirada tierna y dulce que aún guardo en la memoria.
Mi padre fue el mayor de cinco varones y cuatro mujeres. Nos contó que en su lecho de muerte, hizo a mi padre una extraña petición: que sus restos mortales se guardaran en la misma urna con los del abuelo, quien entonces se encontraba con vida y gozaba de buena salud. Mi padre siempre asumió con profunda seriedad sus obligaciones.
Mi abuelo falleció el mismo día del mismo mes que la abuela, pero cuatro años más tarde. Entonces, cuando una persona moría era llevada al cementerio donde permanecía durante seis años. El día del sexto aniversario la familia retiraba los restos mortales y los llevaba a un osario de alguna iglesia donde permanecerían para siempre. Mi padre y sus hermanos tuvieron que retirar el cuerpo de mi abuela dos años después de la muerte de mi abuelo, pero hubo que esperar cuatro años para satisfacer su último deseo. Como sus restos no se podían llevar al osario, porque la iglesia no permite volver a abrir las urnas, mi padre decidió llevárselos a casa y su cuerpo estuvo con nosotros esos cuatro años.
El día que llegaron con el féretro, el mismo en que la habían sepultado años atrás, no nos dejaron acercarnos. Lo colocaron en la parte trasera de la casa, sobre una montaña de madera y cajas con objetos de uso poco frecuente (adornos de Navidad, ropa vieja…), al lado de un patio grande donde se secaba la ropa al sol, y lo cubrieron con un paño. No nos explicaron nada, pero mi hermano mayor y yo imaginamos que había algo misterioso en aquella caja y no descansamos hasta averiguarlo.
“Les queda prohibido acercarse a la caja que su papá trajo hoy”, nos dijo mamá durante la cena. Lo que tradujimos por, “por favor, abran la caja que trajo su papá y miren su contenido”.
Al día siguiente, estuvimos pendientes de mamá hasta que tuvo que salir de casa. Con rapidez y cautela acercamos un par de sillas al montón. Mientras mi hermano sostenía el paño, yo levanté la tapa del cajón. ¡Había un cadáver!
Quedamos paralizados al encontrarnos con un pequeño esqueleto recubierto de piel seca. Miré a Carlos para ver que sentía tanto terror como yo, soltamos tapa y salimos corriendo.
Cuando pudimos hablar, acabamos riendo nerviosos, porque nos habíamos orinado en los pantalones. Nos juramentamos para no hablar del incidente ante extraños. Por la noche se lo contamos a Gloria, la segunda de mis hermanos, que siempre fue mi confidente. A pesar de ser más miedosa que nosotros, quiso participar en nuestra aventura. A mi hermana mayor, Martha, preferimos no comentarle nada. Era como otro padre: nos reprendía, nos corregía y nos castigaba. Estábamos seguros de que iría corriendo a contárselo a mamá.
Al otro día, volvimos a hacer lo mismo, pero con Gloria, a la que tuvimos que ayudar, porque no cesaba de temblar. Al principio no sabíamos quién era el muerto, ni entendíamos qué hacía en casa, pero no nos atrevimos a preguntar. Dedujimos que era la abuela. No era exactamente un esqueleto, porque, como se le aplicó mucha morfina para el dolor, parecía una momia. Todo el cuerpo estaba recubierto de piel seca y arrugada que le daba un aspecto tétrico. Su cabello había seguido creciendo, al igual que las uñas, ahora eran muy largas y como garfios. La ropa con que la habían enterrado estaba desecha y el cuerpo olía raro; no olía mal, tenía un olor extraño, como a lejía. Era como los cementerios que huelen a frío, soledad y miedo.
Bajar a la planta inferior por la noche era una aventura. Nuestras habitaciones estaban en la planta superior y a veces mamá nos ordenaba que le subiéramos cualquier cosa; entonces nos excusábamos todos con un “ve tú, me tocó la última vez”, y otras disculpas, evitando que mamá supiera que conocíamos el contenido de la caja. Al final, acordamos bajar en pareja. La primera parada era al fondo de las escaleras; tomábamos aire, escudriñábamos con recelo la sala y el comedor, oscuros, y a velocidad de campeones de cien metros vallas, corríamos aferrados de la mano hasta el interruptor de la cocina. Ya iluminado el recinto, descansábamos, pero tomábamos a toda prisa lo que debíamos subir y comenzábamos la carrera de vuelta. Siempre temía que una mano huesuda me agarrara por la espalda, pero nunca sucedió. Durante el día, todo cambiaba. Con el tiempo nos acostumbramos a la silenciosa inquilina; el proceso fue largo y lento, pero fuimos tomando confianza, hasta que dejamos de sentir miedo e hicimos muchas cosas de las que hoy me siento avergonzado. Si alguien en el colegio no nos gustaba, lo invitábamos a casa con la seguridad de que jamás volvería, y de que tampoco lo olvidaría. Al atardecer, antes de que oscureciera, le pedíamos que nos alcanzara algo de nuestra “caja secreta”. La reacción siempre era espanto y nos parecía lo más cómico del mundo. Lo peor de lo que organizamos en torno al cadáver de mi abuela fue una función para varios niños. Lo hicimos un fin de semana en el que mis padres fueron a una reunión familiar. Invitamos a los niños de la vecindad, pero tenían que pagar entrada. El espectáculo se inició cuando había oscurecido. Les dijimos que era una función de circo. Habíamos atado cuerdas finas de nylon al cadáver y mi hermano se colocó en el piso superior con una linterna grande que papá guardaba en la caja de herramientas. Cuando todo estuvo listo, y los niños expectantes sentados en el piso, apagamos las luces. A continuación, como en una película de terror, mi hermano prendió la linterna y dirigió el foco de luz al féretro. Levanté la tapa con lentitud y solté una risa escalofriante. El cadáver momificado de mi abuela empezó a levantarse, halado por mi hermano desde arriba, que tiraba de los hilos. Un velo transparente cubría la momia. Cuando los niños vieron la figura, el salón quedó en silencio y todo se detuvo, los niños estupefactos, con ojos y boca abiertos de par en par. Alguien pudo emitir algún sonido y todos empezaron a gritar, presos de pánico, y salieron de estampida. La estancia se vacío en segundos. Lo peor fue que unos padres se presentaron en casa al regresar papá y mamá y les relataron lo ocurrido. No digo qué nos ocurrió esa noche a mi hermano y a mí. Esa es otra historia de miedo.
No conservo una imagen muy clara de mi abuela paterna. Mi primer recuerdo es de cuando yo tenía cuatro años. Estaba enojada y me reprendía porque había salido a jugar fuera de casa sin su permiso. El segundo recuerdo ya es su funeral. Contagiado por la aflicción de la familia, y en especial de mi padre que me sostenía sobre sus piernas, yo no podía dejar de llorar. Ese fue mi primer encuentro con esa última realidad de la vida que es la muerte. Tenía 50 años cuando falleció, mas en mi recuerdo era una anciana; tal vez porque su largo y ondulado cabello era gris, y porque su rostro parecía avejentado por la enfermedad. Caminaba despacio, respiraba con dificultad y su cuerpo frágil se encorvaba, pero conservó una mirada tierna y dulce que aún guardo en la memoria.
Mi padre fue el mayor de cinco varones y cuatro mujeres. Nos contó que en su lecho de muerte, hizo a mi padre una extraña petición: que sus restos mortales se guardaran en la misma urna con los del abuelo, quien entonces se encontraba con vida y gozaba de buena salud. Mi padre siempre asumió con profunda seriedad sus obligaciones.
Mi abuelo falleció el mismo día del mismo mes que la abuela, pero cuatro años más tarde. Entonces, cuando una persona moría era llevada al cementerio donde permanecía durante seis años. El día del sexto aniversario la familia retiraba los restos mortales y los llevaba a un osario de alguna iglesia donde permanecerían para siempre. Mi padre y sus hermanos tuvieron que retirar el cuerpo de mi abuela dos años después de la muerte de mi abuelo, pero hubo que esperar cuatro años para satisfacer su último deseo. Como sus restos no se podían llevar al osario, porque la iglesia no permite volver a abrir las urnas, mi padre decidió llevárselos a casa y su cuerpo estuvo con nosotros esos cuatro años.
El día que llegaron con el féretro, el mismo en que la habían sepultado años atrás, no nos dejaron acercarnos. Lo colocaron en la parte trasera de la casa, sobre una montaña de madera y cajas con objetos de uso poco frecuente (adornos de Navidad, ropa vieja…), al lado de un patio grande donde se secaba la ropa al sol, y lo cubrieron con un paño. No nos explicaron nada, pero mi hermano mayor y yo imaginamos que había algo misterioso en aquella caja y no descansamos hasta averiguarlo.
“Les queda prohibido acercarse a la caja que su papá trajo hoy”, nos dijo mamá durante la cena. Lo que tradujimos por, “por favor, abran la caja que trajo su papá y miren su contenido”.
Al día siguiente, estuvimos pendientes de mamá hasta que tuvo que salir de casa. Con rapidez y cautela acercamos un par de sillas al montón. Mientras mi hermano sostenía el paño, yo levanté la tapa del cajón. ¡Había un cadáver!
Quedamos paralizados al encontrarnos con un pequeño esqueleto recubierto de piel seca. Miré a Carlos para ver que sentía tanto terror como yo, soltamos tapa y salimos corriendo.
Cuando pudimos hablar, acabamos riendo nerviosos, porque nos habíamos orinado en los pantalones. Nos juramentamos para no hablar del incidente ante extraños. Por la noche se lo contamos a Gloria, la segunda de mis hermanos, que siempre fue mi confidente. A pesar de ser más miedosa que nosotros, quiso participar en nuestra aventura. A mi hermana mayor, Martha, preferimos no comentarle nada. Era como otro padre: nos reprendía, nos corregía y nos castigaba. Estábamos seguros de que iría corriendo a contárselo a mamá.
Al otro día, volvimos a hacer lo mismo, pero con Gloria, a la que tuvimos que ayudar, porque no cesaba de temblar. Al principio no sabíamos quién era el muerto, ni entendíamos qué hacía en casa, pero no nos atrevimos a preguntar. Dedujimos que era la abuela. No era exactamente un esqueleto, porque, como se le aplicó mucha morfina para el dolor, parecía una momia. Todo el cuerpo estaba recubierto de piel seca y arrugada que le daba un aspecto tétrico. Su cabello había seguido creciendo, al igual que las uñas, ahora eran muy largas y como garfios. La ropa con que la habían enterrado estaba desecha y el cuerpo olía raro; no olía mal, tenía un olor extraño, como a lejía. Era como los cementerios que huelen a frío, soledad y miedo.
Bajar a la planta inferior por la noche era una aventura. Nuestras habitaciones estaban en la planta superior y a veces mamá nos ordenaba que le subiéramos cualquier cosa; entonces nos excusábamos todos con un “ve tú, me tocó la última vez”, y otras disculpas, evitando que mamá supiera que conocíamos el contenido de la caja. Al final, acordamos bajar en pareja. La primera parada era al fondo de las escaleras; tomábamos aire, escudriñábamos con recelo la sala y el comedor, oscuros, y a velocidad de campeones de cien metros vallas, corríamos aferrados de la mano hasta el interruptor de la cocina. Ya iluminado el recinto, descansábamos, pero tomábamos a toda prisa lo que debíamos subir y comenzábamos la carrera de vuelta. Siempre temía que una mano huesuda me agarrara por la espalda, pero nunca sucedió. Durante el día, todo cambiaba. Con el tiempo nos acostumbramos a la silenciosa inquilina; el proceso fue largo y lento, pero fuimos tomando confianza, hasta que dejamos de sentir miedo e hicimos muchas cosas de las que hoy me siento avergonzado. Si alguien en el colegio no nos gustaba, lo invitábamos a casa con la seguridad de que jamás volvería, y de que tampoco lo olvidaría. Al atardecer, antes de que oscureciera, le pedíamos que nos alcanzara algo de nuestra “caja secreta”. La reacción siempre era espanto y nos parecía lo más cómico del mundo. Lo peor de lo que organizamos en torno al cadáver de mi abuela fue una función para varios niños. Lo hicimos un fin de semana en el que mis padres fueron a una reunión familiar. Invitamos a los niños de la vecindad, pero tenían que pagar entrada. El espectáculo se inició cuando había oscurecido. Les dijimos que era una función de circo. Habíamos atado cuerdas finas de nylon al cadáver y mi hermano se colocó en el piso superior con una linterna grande que papá guardaba en la caja de herramientas. Cuando todo estuvo listo, y los niños expectantes sentados en el piso, apagamos las luces. A continuación, como en una película de terror, mi hermano prendió la linterna y dirigió el foco de luz al féretro. Levanté la tapa con lentitud y solté una risa escalofriante. El cadáver momificado de mi abuela empezó a levantarse, halado por mi hermano desde arriba, que tiraba de los hilos. Un velo transparente cubría la momia. Cuando los niños vieron la figura, el salón quedó en silencio y todo se detuvo, los niños estupefactos, con ojos y boca abiertos de par en par. Alguien pudo emitir algún sonido y todos empezaron a gritar, presos de pánico, y salieron de estampida. La estancia se vacío en segundos. Lo peor fue que unos padres se presentaron en casa al regresar papá y mamá y les relataron lo ocurrido. No digo qué nos ocurrió esa noche a mi hermano y a mí. Esa es otra historia de miedo.
Etiquetas:
cuento de terror,
momias,
niños tremendos
miércoles 23 de abril de 2008
Un cuento de la posguerra española
Interminables las horas en el potroso vagón de madera con olor a humo y el frío colándose por los resquicios. En los tramos de llano, el humazo blanco huye hacia atrás y alegra el paisaje. Quiebra la monotonía del traca-trá-traca.trá de las ruedas sobre los rieles la charla de las tres mujeres mayores con cesta con tortilla de patatas y carne rebozada, que intercambian entre sí y con otros viajeros.
Flora lleva bien sus casi sesenta. Lola y Daniela, por ahí le andan, han viajado con ella a Barcelona desde Bilbao. Son amigas y parientas, todo a la vez. Flora es madrastra de Lola y Daniela, suegra de ésta. Flora y Daniela no se tocan nada, que se sepa. Las tres van de congreso. Un multitudinario congreso eucarístico. Precisamente la roja, separatista y descreída Barcelona será sede de una católica explosión de fe. Tal vez para redimirse. ¿Qué clase de congreso será? ¡Lo que no inventen!
Flora ya ha ido otras veces a la capital catalana, porque Paco, su hijo mayor, vive ahí. Ella brega por los barrios pobres de Bilbao ayudando a parir y como el horario de comadrona es irregular y excesivo acumula días de libranza. A la que puede va a ver a su hijo de treinta y muchos. Ahí huyó el hombre -porque eso fue lo que hizo, escapar-, porque en Bilbao no encontraba trabajo ni por caridad. Y gracias que no pasó nada más. Suerte tuvieron de don Esteban, el párroco que los conocía desde Gallarta, el pueblo natal, que lo avaló. En realidad, el cura dijo a los falangistas, que buscaban las cosquillas a todo vencido, que el muchacho era tan tonto que era incapaz de hacer nada malo o incluso bueno. No era cierto lo de ser tonto, pero le salvó la piel. Trabajo, en cambio, no le pudo conseguir, aún siendo buen mecánico ni con todo el poder de la Santa Madre en aquel entonces. Malos vientos en el País Vasco. Pero esas son historias para olvidar, ¿no? Ya pasó todo y que mal se pasó.
Las tres mujeres paran en casa de Paco, el hijo de Flora. Carmen, la nuera, saca espacio de donde no hay en cincuenta metros cuadrados, y las tres pueden dormir a cubierto. Un milagro.
A Paco, aunque católico, poco le interesa el Congreso Eucarístico. Paradójico y curioso; católico y derrotado, y más aún, porque nunca fue un entusiasta de la República. Pero es uno de los vencidos, eso sí. Tal vez por estar en el lugar equivocado.
Un día Flora, Lola y Daniela llegan a la una de la madrugada. Jaraneras, charlatanas, contentas. Carmen, servicial, discreta y solícita nuera pregunta si cenaran algo.
“Ay, sí, unas costillitas”
“¿Unas costillitas?”
“Sí, mujer, las que han sobrado del mediodía”, aclara Flora.
“Para poder beber un poco del rico vinillo”, desvela Daniela.
“Ah, sí, el rico vinillo”, remacha Lola.
Carmen se santigua mentalmente. Los niños, que se han despertado con el ajetreo de la vuelta, asoman la mirada por el vano de la puerta del reducido dormitorio, se dan con el codo y sofocan la risa. El ‘rico vinillo’ es un blanco suave del Panadés que han descubierto las mujeres en la bodega de Ramón Suau, que está enfrente, al otro lado de la calle. En el año 52, el vino todavía se vende a granel, en barricas a la vista del público. Se expende con medidas de cuarto, medio y litro en recipientes de hojalata. El tabernero Suau, cuando escancia, suele ser generoso con las comadres.
Desde su descubrimiento, cuando las tres mujeres patean Barcelona por la zona del puerto, suelen entrar en algún bar a descansar y piden unos vasitos del rico vinillo. Para no escandalizar, le piden al dueño del local que lo sirva en tazas de café.
Genio y figura.
Flora lleva bien sus casi sesenta. Lola y Daniela, por ahí le andan, han viajado con ella a Barcelona desde Bilbao. Son amigas y parientas, todo a la vez. Flora es madrastra de Lola y Daniela, suegra de ésta. Flora y Daniela no se tocan nada, que se sepa. Las tres van de congreso. Un multitudinario congreso eucarístico. Precisamente la roja, separatista y descreída Barcelona será sede de una católica explosión de fe. Tal vez para redimirse. ¿Qué clase de congreso será? ¡Lo que no inventen!
Flora ya ha ido otras veces a la capital catalana, porque Paco, su hijo mayor, vive ahí. Ella brega por los barrios pobres de Bilbao ayudando a parir y como el horario de comadrona es irregular y excesivo acumula días de libranza. A la que puede va a ver a su hijo de treinta y muchos. Ahí huyó el hombre -porque eso fue lo que hizo, escapar-, porque en Bilbao no encontraba trabajo ni por caridad. Y gracias que no pasó nada más. Suerte tuvieron de don Esteban, el párroco que los conocía desde Gallarta, el pueblo natal, que lo avaló. En realidad, el cura dijo a los falangistas, que buscaban las cosquillas a todo vencido, que el muchacho era tan tonto que era incapaz de hacer nada malo o incluso bueno. No era cierto lo de ser tonto, pero le salvó la piel. Trabajo, en cambio, no le pudo conseguir, aún siendo buen mecánico ni con todo el poder de la Santa Madre en aquel entonces. Malos vientos en el País Vasco. Pero esas son historias para olvidar, ¿no? Ya pasó todo y que mal se pasó.
Las tres mujeres paran en casa de Paco, el hijo de Flora. Carmen, la nuera, saca espacio de donde no hay en cincuenta metros cuadrados, y las tres pueden dormir a cubierto. Un milagro.
A Paco, aunque católico, poco le interesa el Congreso Eucarístico. Paradójico y curioso; católico y derrotado, y más aún, porque nunca fue un entusiasta de la República. Pero es uno de los vencidos, eso sí. Tal vez por estar en el lugar equivocado.
Un día Flora, Lola y Daniela llegan a la una de la madrugada. Jaraneras, charlatanas, contentas. Carmen, servicial, discreta y solícita nuera pregunta si cenaran algo.
“Ay, sí, unas costillitas”
“¿Unas costillitas?”
“Sí, mujer, las que han sobrado del mediodía”, aclara Flora.
“Para poder beber un poco del rico vinillo”, desvela Daniela.
“Ah, sí, el rico vinillo”, remacha Lola.
Carmen se santigua mentalmente. Los niños, que se han despertado con el ajetreo de la vuelta, asoman la mirada por el vano de la puerta del reducido dormitorio, se dan con el codo y sofocan la risa. El ‘rico vinillo’ es un blanco suave del Panadés que han descubierto las mujeres en la bodega de Ramón Suau, que está enfrente, al otro lado de la calle. En el año 52, el vino todavía se vende a granel, en barricas a la vista del público. Se expende con medidas de cuarto, medio y litro en recipientes de hojalata. El tabernero Suau, cuando escancia, suele ser generoso con las comadres.
Desde su descubrimiento, cuando las tres mujeres patean Barcelona por la zona del puerto, suelen entrar en algún bar a descansar y piden unos vasitos del rico vinillo. Para no escandalizar, le piden al dueño del local que lo sirva en tazas de café.
Genio y figura.
Etiquetas:
mujeres fuertes,
posguerra,
tiempos duros
miércoles 16 de abril de 2008
Una madre siempre es una madre
(Mónica Felisa es una argentina que dibuja, pinta y escribe. O lo hacía cuando la conocí en el centro penitenciario de Soto del Real, cerca de Madrid, por un error cometido del que ni ella ni yo necesitamos acordarnos. Alta, discreta, algo misteriosa, descubrió que, en el encierro, podía escribir cuentos y relatos tremebundos con notable maestría. Regresó a su país y no he vuelto a saber de ella. Este es uno de sus cuentos)
La arboleda parece mustia en la distancia, pero a la primavera le ha dado por brotar. Las aves zancudas han puesto allí gran cantidad de nidos. Así se extiende la arboleda, zigzagueante por las tierras agrestes, casi paralela a las laderas de piedras desnudas.De lejos parece inhóspito, pero, acercándose, la vida se ve, se escucha; todo está en ebullición. A pesar del color de paja seca de los nidos, causa emoción ver a las madres empollando; en unos nidos hay huevos grandes grisáceos, esperando a su madre, y en otros asoman cabecitas gritonas de ojos azorados recién nacidos.Pero hay tantos nidos...Un atardecer espantoso, mientras la hembra busca comida y alimenta a su prole, el viento comenzó a enfurecerse. Un rato antes, las aves estaban nerviosas, pero alimenta a los pichones era prioritario. Se les ve forcejeando con el viento y dejándose llevar por los torbellinos agitados, que parece que van a estrellarse contra las laderas, hasta que, agotadas, regresan a proteger a sus crías. Una madre zancuda se planta firme junto al nido, intentando aminorar los movimientos provocados por la tormenta que amenazan con hacerlo zozobrar. En otra rama cercana, los vaivenes acercan peligrosamente los nidos a la ladera. Un extremo del nido donde pían las crías se desmorona, pero sus pichones forman una pelotita de plumones tan cerrada en el centro del nido que no parece que pueda afectarles lo que sucede. Un pichón del nido de la rama de arriba, muy inclinada, cae sobre las crías de abajo. Ningún pichón pía, ni el intruso, ni los otros. Quizás el desconcierto, tal vez el viento que silba entre los árboles, no dejan escuchar, pero sí podría verse a la madre zancuda que abre las patas para observar mejor al intruso. La escasa musculatura que cubre los huesos de las patas se tensa; se adivina en ella sorpresa e incredulidad. Las plumas, antes esponjadas, están enfiladas, echadas hacia atrás, convirtiendo el flaco cuello en flecha. El largo cuello se dobla sinuosamente hacia el ser desconocido que trata de acomodarse; aquel cuello parece tener vida propia, como si fuera una víbora que, sin prisa, pero sin pausa, se coloca frente a la pequeña ave ajena que llama su atención mientras los ojos no parpadean.La figura del ave zancuda se recorta nítida contra el cielo gris oscuro, casi negro a pesar de la hora. Un rayo tremendo, acompañado de un sordo tronar de cañonazos, ilumina todo. La escena era magnífica; el cielo muestra todas la nubes pesadas que escondía en la oscuridad. La silueta del árbol en negro destaca en aquel alarido de la Naturaleza. Y la hábil zancuda dirige con certeza al pico hacia su objetivo. En el cielo aún vibra la luz mostrando la silueta de la madre-guerrera, cuando los polluelos comienzan a reclamar con urgencia alimento. Y el ave, como cualquier madre del mundo, complace una y otra vez a sus hijos con pedacitos de alimento, proteínas frescas recién conseguidas.Amanece el siguiente día en calma y con buen sol. Las aves vuelan a buscar el alimento diario y los polluelos disfrutan un día más del cálido sol.Todos menos uno.
La arboleda parece mustia en la distancia, pero a la primavera le ha dado por brotar. Las aves zancudas han puesto allí gran cantidad de nidos. Así se extiende la arboleda, zigzagueante por las tierras agrestes, casi paralela a las laderas de piedras desnudas.De lejos parece inhóspito, pero, acercándose, la vida se ve, se escucha; todo está en ebullición. A pesar del color de paja seca de los nidos, causa emoción ver a las madres empollando; en unos nidos hay huevos grandes grisáceos, esperando a su madre, y en otros asoman cabecitas gritonas de ojos azorados recién nacidos.Pero hay tantos nidos...Un atardecer espantoso, mientras la hembra busca comida y alimenta a su prole, el viento comenzó a enfurecerse. Un rato antes, las aves estaban nerviosas, pero alimenta a los pichones era prioritario. Se les ve forcejeando con el viento y dejándose llevar por los torbellinos agitados, que parece que van a estrellarse contra las laderas, hasta que, agotadas, regresan a proteger a sus crías. Una madre zancuda se planta firme junto al nido, intentando aminorar los movimientos provocados por la tormenta que amenazan con hacerlo zozobrar. En otra rama cercana, los vaivenes acercan peligrosamente los nidos a la ladera. Un extremo del nido donde pían las crías se desmorona, pero sus pichones forman una pelotita de plumones tan cerrada en el centro del nido que no parece que pueda afectarles lo que sucede. Un pichón del nido de la rama de arriba, muy inclinada, cae sobre las crías de abajo. Ningún pichón pía, ni el intruso, ni los otros. Quizás el desconcierto, tal vez el viento que silba entre los árboles, no dejan escuchar, pero sí podría verse a la madre zancuda que abre las patas para observar mejor al intruso. La escasa musculatura que cubre los huesos de las patas se tensa; se adivina en ella sorpresa e incredulidad. Las plumas, antes esponjadas, están enfiladas, echadas hacia atrás, convirtiendo el flaco cuello en flecha. El largo cuello se dobla sinuosamente hacia el ser desconocido que trata de acomodarse; aquel cuello parece tener vida propia, como si fuera una víbora que, sin prisa, pero sin pausa, se coloca frente a la pequeña ave ajena que llama su atención mientras los ojos no parpadean.La figura del ave zancuda se recorta nítida contra el cielo gris oscuro, casi negro a pesar de la hora. Un rayo tremendo, acompañado de un sordo tronar de cañonazos, ilumina todo. La escena era magnífica; el cielo muestra todas la nubes pesadas que escondía en la oscuridad. La silueta del árbol en negro destaca en aquel alarido de la Naturaleza. Y la hábil zancuda dirige con certeza al pico hacia su objetivo. En el cielo aún vibra la luz mostrando la silueta de la madre-guerrera, cuando los polluelos comienzan a reclamar con urgencia alimento. Y el ave, como cualquier madre del mundo, complace una y otra vez a sus hijos con pedacitos de alimento, proteínas frescas recién conseguidas.Amanece el siguiente día en calma y con buen sol. Las aves vuelan a buscar el alimento diario y los polluelos disfrutan un día más del cálido sol.Todos menos uno.
Eloísa dormía en un atrio
Eloísa duerme en un atrio. Un ruido irritante. Eloisa despierta airada. Un hombre de mirada triste, de verde y amarillo, arrastra un pequeño carro, también amarillo y verde, que chirría. El hombre del carrito agarra un recogedor de plástico verde con mango de madera que tira al suelo. Clac, cloc. Coge una escoba recia de ramitas secas alargadas y empieza a barrer un flanco del asfalto. Raaas, raaaaaasss, ras, rrrraaaaaaasssss, ras, ras.Eloísa se tapa la cabeza con la manta roñosa con que se cubre. Alza la cabeza irritada, cabreada. Para ya, la madre que te parió. Estoy trabajando; no puedo. Ras, rasss, ras, rrrraaaaaassssss, ras.Eloísa se pone en pie, como un muelle que se libera. Hurga en su pringosa mochila y saca un cuchillo de tamaño natural. Ni una palabra, ni un gruñido, ni una amenaza. ¡Toma! Y añade ¡cabrón!Una certera puñalada, escribirá después emocionado un redactor de sucesos con contrato precario. El amarillo torácico se coloreó de bermellón subido. El limpiador municipal no llegó vivo al hospital. Ventrículo derecho, a hacer gárgaras.La indigente homicida no recuerda nada. Eso dice. La juez la mira severa. Me emborraché, me drogué. Para olvidar la mierda de vida que llevo. Muy oportuno, ironiza el fiscal. La juez no imagina razón de crimen tan gratuito y condena a Eloísa a quince años.Tiempo después, en un salón solitario, la juez le da vueltas al juicio con fruncido ceño, vaso de ron dominicano en mano. Lleva días inquieta, turbada, abstraída. Rememora la homicida en su tribunal, mientras acaricia una gata persa blanca, más felpudo que felino. Telefonea agitada al forense. ¿Por qué? El forense se acuerda, sí, claro. Sólo era una marginal. Informe completo, todo sobre esa mujer.Días después, el informe, sobre la mesa. Que no la molesten. Lee. Deteriorada por abuso del alcohol y estupefacientes, lo que explicaría un comportamiento violento, bla, bla, bla… El psiquiatra aventura un síndrome de Cotard. Estos pacientes son depresivos, pero pueden ser violentos. Creen que se les derriten y pudren el cerebro, intestinos, pulmones, páncreas, hígado y corazón. Convencidos de ser cadáveres ambulantes, a medio camino del descanso eterno. Eso siente quien sufre el Cotard.La juez se quita las gafas, se masajea los ojos, cansada. Los psiquiatras están locos, pero acaso debía haberla recluido en una clínica mental.La mañana es azul y el camino por la autovía, plácido. A lo lejos ya ve la alta torre carcelaria y los edificios amarillos que la rodean. Señoría, cuanto bueno por aquí. La funcionaria vestida de azul del acceso a la prisión sonríe falsa. Que carajo querrá ésta estirada ahora. La juez traspasa controles sin hacerle ni caso. En las oficinas se dirige al despacho del director. Qué grata sorpresa, señoría, ¿cómo por aquí? Esperamos que no haya ningún problema.Eloísa Tal y Tal. He de verla. Por supuesto. El hombre coge el teléfono y ladra una orden. Un funcionario con cara de hurón asoma la cabeza al rato. Con permiso; no encuentro nada, señor director. No es posible. Que pandilla… Lo tiene que hacer todo uno. Se gira con brusquedad hacia el ordenador, teclea, mueve el ratón, vuelve a teclear. Frunce el ceño. Cabecea. Se dirige a un feo archivador metálico gris. Abre cajones, repasa carpetas. Vuelve al ordenador y trastea de nuevo con teclado y ratón. Su vuelve extrañado, demudado, hacia la juez. No hay interna alguna con ese nombre, señoría. Imposible. Por supuesto que está; yo misma la envié. Lo siento, señoría, no lo comprendo, debe haber un error; tal vez la hayan llevado a otro centro penitenciario. Aquí no hay nadie con ese nombre.El error lo han cometido ustedes, replica llena de ira la juez. Pero ese nombre me suena, divaga el funcionario. Esto no queda así; habrá consecuencias, amenaza la juez. Y sale de la prisión. Coge el coche y regresa a la ciudad encendida y angustiada.Es noche cerrada. En el caldeado, pero desamparado salón, la juez dormita ante un televisor encendido junto a la gata felpudo. Un brusco timbreo la sobresalta. Diga. Perdone, señoría, pero he considerado que debía llamarla; cómo estaba tan preocupada... Son las once y media, protesta. La voz es familiar. Soy el director de la prisión. Ah, sí. Dígame.La mujer se ha despabilado. Baja el volumen del televisor con el mando a distancia y escucha, la gata se despereza. La ausencia de Eloísa de la cárcel traerá cola, piensa despierta del todo. Espero que no se haya fugado, porque rodarán cabezas. No ha querido precipitarse; mañana será otro día para abrir un expediente, que puede acabar en sumario con responsables y funcionarios de la prisión imputados. Se van a enterar.Diga, repite inquieta.Eloísa Tal y Tal. La juez, condescendiente, sí, vaya al grano. Recordé dónde había leído ese nombre, pero no en el papeleo de prisión. La juez se carga de paciencia. ¿Dónde? En una crónica de sucesos. Por supuesto, su delito mereció varias crónicas. He encontrado el periódico. ¿Quiere decir lo que sea? El cabreo de la juez alcanza cotas peligrosas, y la angustia que no le abandona.Hace unos días, una mujer con ese nombre y apellidos fue atropellada cerca de la plaza de esa iglesia tan fea. ¿Un atropello? La juez no entiende nada. Varios testigos dijeron que la mujer parecía zombi al moverse y que prácticamente se puso ante el autobús, como si buscara morir. Y lo hizo camino del hospital. Curioso, a pesar del topetazo, la mujer apenas sangró.Se oye un ruido fuerte y seco como de algo que se precipita. Señoría, ¿está usted bien?El auricular del teléfono ha caído. La juez se ha desplomado lentamente sobre la mullida alfombra del salón. Ha quedado estirada con ojos fijos en algún lugar. Y abiertos. Tiene aspecto de estar muerta. Y quizás vacía.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)